Con la llovizna de otoño, dicen las brujas que saben, se puede preparar una tinta especial, con la que escribir en el corazón de la amada para apoderarnos de él por la eternidad. Pero esa tinta necesita de algo más que de la lluvia otoñal, necesita de un ingrediente imposible de encontrar aún en las boticas más escondidas del callejón de las brujas (para llegar a ese callejón hace falta saber la contraseña, pararse derechita en cierta baldosa, esperar a que la luna refleje en un punto determinado en la pared y decir la contraseña en un susurro mientras se brinca en un pie)
Pero no tiene caso andar dando brinquitos, el ingrediente faltante no está ahí.
No es fácil encontrar un suspiro de amor verdadero. Y mucho menos lograr embotellarlo para la venta. Antiguamente, había ciertos seres que habiendo aprendido el arte de sublimar suspiros de amor, los intercambiaban con los humanos. Pero esos seres ya no tratan con nosotros, se han alejado porque en nuestras vidas no hay espacio para la magia.
Recorrí el mundo en busca del ingrediente faltante, descendí a diversos infiernos, me admitieron en círculos secretos, y cuando sentía que me abandonaban las fuerzas, un rumor, una leyenda, renovaban mis esperanzas. Pero siempre terminaba con las manos vacías y un poco más cansada.
Cuando ya al límite de mis fuerzas, volví casi arrastrando mi cuerpo agotado, me envolvieron unos brazos, y unos labios se pegaron a los míos, con un suspiro de amor verdadero, lo que tanto había estado buscando. Era mi amada, y comprendí entonces lo inútil de mi búsqueda, ella tenía el ingrediente inalcanzable, y su suspiro de amor tenía mi nombre. La tinta no era necesaria y había desperdiciado la mitad de la vida buscando lo que ya era mío.